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Del espejo de Colón al espejo de la política: Una reflexión periodística sobre un pueblo que entrega el poder y luego termina sometido por quienes eligió

Del espejo de Colón al espejo de la política: Una reflexión periodística sobre un pueblo que entrega el poder y luego termina sometido por quienes eligió

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La historia tiene una curiosa manera de repetirse. Cambian los nombres, cambian las circunstancias y cambian las herramientas, pero algunas prácticas permanecen.

POR: ANDRÉS CASTILLO

Santo Domingo-- Cuenta la tradición que, durante el primer contacto entre los europeos y los pueblos originarios de América, los espejos, objetos desconocidos para los indígenas, fueron utilizados como elementos de intercambio para obtener bienes de mucho mayor valor. Más allá de las discusiones históricas sobre la exactitud de ese relato, el simbolismo del espejo permanece: mostrar algo que deslumbra para obtener algo que realmente tiene valor.

Hoy ya no se necesitan espejos de cristal.

Ahora pueden ser una promesa, una funda de comida, una dádiva, una botella de agua, un empleo temporal, una foto con un candidato o una promesa de que "cuando lleguemos al poder, las cosas cambiarán".

Y aquí comienza nuestra reflexión.

En una democracia, el verdadero poder no debería estar únicamente en quien ocupa una posición pública. El poder nace del pueblo. Es el ciudadano quien, mediante su voto, decide quién habrá de representarlo.

El problema comienza cuando el ciudadano entrega ese poder y, después de las elecciones, parece olvidar que sigue siendo el dueño de su decisión.

El candidato llega como servidor.

Después de ganar, algunos terminan comportándose como dueños.

El que ayer caminaba por los barrios buscando un voto, mañana puede cerrar las puertas de su despacho. El que ayer necesitaba escuchar al pueblo, después puede dejar de contestarle. El que prometió representar a la gente puede terminar utilizando el poder para beneficiarse a sí mismo y a su círculo más cercano.
Y entonces ocurre una de las mayores contradicciones de nuestra sociedad: el pueblo elige a quien habrá de gobernarlo y, posteriormente, ese mismo pueblo termina sintiéndose subordinado ante quien eligió.

¿En qué momento cambiaron los papeles?

¿En qué momento el ciudadano dejó de ser jefe y comenzó a sentirse súbdito?

El poder político no debería convertir a un servidor público en alguien superior a la gente. El cargo es temporal; el pueblo permanece.

Por eso resulta peligroso que una sociedad olvide su propia fuerza. Un pueblo que solo recuerda que tiene poder el día de las elecciones y luego permanece cuatro años en silencio termina entregando más poder del que realmente le corresponde.

La democracia no consiste únicamente en votar.

También consiste en preguntar, exigir, fiscalizar, reclamar, participar y recordarles a nuestros representantes que fueron elegidos para servir, no para enseñorearse.

La pobreza tampoco puede convertirse en una herramienta política permanente. Una sociedad no puede acostumbrarse a recibir migajas mientras quienes administran sus recursos disfrutan de privilegios. Cuando la necesidad de un ciudadano se convierte en instrumento para conseguir su voto, la política deja de ser un mecanismo de transformación y comienza a convertirse en una forma de dependencia.

Quizás por eso la metáfora del espejo sigue teniendo tanta fuerza. Antes podía ser un objeto brillante. Hoy puede ser una promesa brillante. Pero después del brillo viene la realidad. El ciudadano debe aprender a mirar más allá del espejo.

No basta con preguntarse quién promete más. Hay que preguntarse quién ha demostrado capacidad, honestidad, transparencia y compromiso con la gente.

Y después de elegir, tampoco debemos desaparecer.

Porque si nosotros colocamos a una persona en el poder, también tenemos el derecho y la responsabilidad de preguntarle qué está haciendo con ese poder.

Hay una frase bíblica que resume perfectamente esta reflexión: “Él quita reyes y pone reyes” (Daniel 2:21).

Para quienes tenemos fe, por encima de todos los poderes humanos está Dios. Pero eso no significa que el pueblo deba renunciar a su responsabilidad. Al contrario, significa recordar que ningún gobernante es eterno, ningún cargo es propiedad personal y ninguna autoridad está por encima de la voluntad soberana del pueblo y de la justicia.

El pueblo tiene memoria. El pueblo tiene voto. El pueblo tiene voz. Y, sobre todo, el pueblo tiene poder.

La pregunta es: ¿Seguiremos entregándolo por un espejo o aprenderemos a utilizarlo para construir nuestro propio destino?.


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